viernes, 30 de diciembre de 2011

COMUNICAR GEOGRAFÍA, PENSAR LA NACIÓN

Entender la comunicación entre distintos saberes geográficos como posible camino de interrogación sobre los grandes temas de la Nación podría ser la derivación de algunas de las conclusiones del Simposio recientemente realizado sobre Didáctica de la Geografía, inscripto en el marco del 3º Congreso de Geografía de Universidades Públicas organizado por la Universidad Nacional del Litoral. En ese espacio, docentes y académicos de distintos puntos del país han discutido sobre esta práctica disciplinar. Trabajar sobre el qué y cómo enseñar supuso también tener en cuenta las dificultades con las que se encuentran los profesores de Geografía cuya labor (lograr enseñar) está condicionada por la actual profunda heterogeneidad sociocultural. El título docente habilitante, en estos términos, se torna una abstracción, porque se requiere de tipos de profesores de Geografía muy diferentes entre sí para actuar en contextos socioterritoriales tan disímiles. Se puede, entonces, pasar de sólo pensar “qué es” un profesor formado o en formación hacia ver “qué papel cumple”, es decir, cómo se posiciona con su saber geográfico ante este marco.

Un cambio de posición docente en ciernes está orientado hacia la recuperación del vínculo entre el actor (docente) y su papel (lograr enseñar). Este giro es comunicacional y orientado hacia la adquisición permanente de conocimientos rigurosos y claramente recortados de la disciplina geográfica para sintetizarlos críticamente a partir de la circunstancia sociocultural en la que cada docente se encuentra. Esta tarea apunta a poner esos saberes así procesados al servicio de amplias poblaciones, en este caso –de manera capilar– la enormidad de estudiantes en las aulas de Geografía. Así, muchos profesores, desde su propio contexto, usan materiales rigurosos para realizarle certeras preguntas a la realidad social (distanciándose críticamente), no para contestarlas desde una explicación académica o para cerrarlas desde una resolución política (militante o no), sino para enriquecer esas preguntas junto a alumnos de heterogéneos contextos socioterritoriales.

Un número nada menor de profesores trabaja en escuelas inscriptas en territorios afectados por la megaminería, la explotación sojera o la instalación de polos petroquímicos, donde no es posible desarrollar con libertad plena la tarea de interrogar críticamente la realidad circundante, ya sea porque los padres de los chicos viven de esas actividades económicas o porque existe la amenaza de perder el trabajo en la escuela o por el riesgo de quedar aislado en el rincón escolar reservado a las atrevidas y politizadas ovejas negras. Emerge una circunstancia novedosa para los profesores de Geografía, pero no para los intelectuales desde fines del siglo XIX: la lógica del campo en el que se desarrolla la tarea puede obligar a sesgar las preguntas o directamente a silenciar la propia voz. No obstante, se puede contar con algunas herramientas didácticas para eludir ese obstáculo: se pueden trabajar problemas locales de otros lugares de la Argentina distantes al que uno se encuentra, pero que experimentan el mismo padecimiento (de contaminación o erosión, entre otros posibles). Similares problemas resuenan en distintos lugares, ya que nunca son estrictamente locales sino expresiones de procesos sociopolíticos a escala nacional y global.

Junto al de los docentes también empieza a verse un cambio de posición en algunos académicos: lentamente unos y otros empiezan a desplazarse de un modelo jerárquico hacia uno rizomático: se migra de un esquema con un tronco central (académico, asociado a la labor de creación intelectual) del cual salen ramas subordinadas (docentes, ligados al trabajo de aplicación manufacturera en el aula) hacia uno en red más horizontal donde en cada conexión se puede encontrar un significado diferente (que borra progresivamente la vidriosa dicotomía trabajo intelectual/trabajo manual). Esto no implica, por supuesto, que los docentes secundarios se “academicen” ni tampoco que los académicos deban o necesiten ir a dar clase a las escuelas secundarias, aunque podamos ver personas que desarrollan simultáneamente tareas en ambos ámbitos, en algunos casos de manera fecunda.

Todavía son relativamente pocos quienes están cambiando de posición. Pero son más ahora que hace cinco u ocho años: se va así pudiendo expandir la interrogación y el pensamiento crítico en torno de los poderes fácticos que aspiran a continuar perpetuándose como dueños de los destinos de las geografías de esta Nación.

Por Omar Tobío

Director de la Licenciatura en Enseñanza de las Ciencias Sociales. CEGeo/EHu, Universidad Nacional de San Martín.

Fuente: Página 12

Más información: www.pagina12.com.ar

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miércoles, 28 de diciembre de 2011

viernes, 2 de diciembre de 2011

Reflexiones: Escrito a mano

Por Guillermo Jaim Etcheverry

Cuánto hace que no experimentamos el placer de recibir una carta manuscrita en letra cursiva? La caligrafía es una habilidad humana en rápida extinción, porque ya casi no se enseña en las escuelas. Cuando se emplea una lapicera, en general se lo hace para escribir con letra de imprenta. Stefano Bartezzaghi y María Novella de Luca, periodistas italianos interesados en el tema, se preguntan si la preocupación por el ocaso de la escritura cursiva responde a la nostalgia o constituye una emergencia cultural. Muchos expertos se inclinan por la última alternativa. En Inglaterra se vuelve a usar la estilográfica para que los estudiantes aprendan la grafía. En Francia también se considera que no se debe prescindir de esa habilidad, pero allí el problema reside en que ya no la dominan ni los maestros. Aunque el mundo adulto no está aún preparado para recibir las nuevas inteligencias de los niños producto de la tecnología, la pérdida de la habilidad de la escritura cursiva explica trastornos del aprendizaje que advierten los maestros e inciden en el desempeño escolar.

En la escritura cursiva, el hecho de que las letras estén unidas una a la otra por trazos permite que el pensamiento fluya con armonía de la mente a la hoja de papel. Al ligar las letras con la línea, quien escribe vincula los pensamientos traduciéndolos en palabras. Por su parte, el escribir en letra de imprenta, alternativa que se ha ido imponiendo, implica escindir lo que se piensa en letras, desguazarlo, anular el tiempo de la frase, interrumpir su ritmo y su respiración.

Si bien ya resulta claro que las computadoras son un apéndice de nuestro ser, hay que advertir que favorecen un pensamiento binario, mientras que la escritura a mano es rica, diversa, individual, y nos diferencia a unos de otros. Habría que educar a los niños desde la infancia en comprender que la escritura responde a su voz interior y representa un ejercicio irrenunciable. Es ilógico suponer que la tendencia actual se revertirá, pero al menos los sistemas de escritura deberían convivir, precisamente por esa calidad que tiene la grafía de ser un lenguaje del alma que hace únicas a las personas. Su abandono convierte al mensaje en frío, casi descarnado, en oposición a la escritura cursiva, que es vehículo y fuente de emociones al revelar la personalidad, el estado de ánimo. Posiblemente sea esto lo que los jóvenes temen, y optan por esconderse en la homogeneización que posibilita el recurrir a la letra de imprenta.

Porque, como lo destaca Umberto Eco, que interviene activamente en este debate, la escritura cursiva exige componer la frase mentalmente antes de escribirla, requisito que la computadora no sugiere. En todo caso, la resistencia que ofrecen la pluma y el papel impone una lentitud reflexiva. Muchos escritores, habituados a escribir en un teclado, desearían a veces volver a realizar incisiones en una tableta de arcilla, como los sumerios, para poder pensar con calma. Eco propone que, así como en la era del avión se siguen tripulando barcos a vela, sería auspicioso que los niños aprendieran caligrafía, para educarse en lo bello y para facilitar su desarrollo psicomotor.

Como en tantos otros aspectos de la sociedad actual, surge aquí la centralidad del tiempo. Un artículo reciente en la revista Time, titulado Duelo por la muerte de la escritura a mano, señala que es ése un arte perdido, ya que, aunque los chicos lo aprenden con placer porque lo consideran un rito de pasaje, "nuestro objetivo es expresar el pensamiento lo más rápidamente posible. Hemos abandonado la belleza por la velocidad, la artesanía por la eficiencia. Y, sí -admite su autora, Claire Suddath-, tal vez seamos algo más perezosos. La escritura cursiva parece condenada a seguir el camino del latín: dentro de un tiempo, no la podremos leer". Abriendo una tímida ventana a la individualidad, aún firmamos a mano. Por poco tiempo.

revista@lanacion.com.ar
El autor es educador y ensayista

viernes, 4 de noviembre de 2011

TECNOLOGÍA.LA HISTORIA DETRÁS DE CUEVANA

A LOS 20 AÑOS, ENTRE FERNETS Y CAPÍTULOS DE LOST, TOMÁS ESCOBAR CREÓ UN MONSTRUO DESDE SU HABITACIÓN DE ESTUDIANTE EN CÓRDOBA; AHORA, DESPUÉS DE PERDER EN EL CAMINO A DOS AMIGOS, QUIERE SER PARTE DE LA INDUSTRIA DEL ENTRETENIMIENTO.

TECNOLOGÍA.LA HISTORIA DETRÁS DE CUEVANA

En un café de la zona de las facultades, una mañana de primavera, Tomás Escobar es la versión geek de un vendedor de tónicos para la juventud eterna. Durmió poco, se pasó la noche rediseñando la interfaz de Cuevana y reescribiendo el código para que el sitio no colapse. El tráfico crece a razón de un veinte por ciento mensual, con un récord diario de dos millones de visitas. A esta hora, tiene la cara tan pálida como el culo de Mark Zuckerberg, pero aun así, con 22 años y una adorable tonada sanjuanina, le queda medio tanque de energía para diseminar su fe.

Tal vez no sea un entrepreneur carismático, pero tampoco es un nerd sin ángel. En estos últimos meses, después de abandonar los estudios de Ingeniería en Sistemas en Córdoba y mudarse a Buenos Aires, la popularidad de su plataforma lo dotó de una evidente confianza en sí mismo. A eso le sumó un poco de asesoramiento legal y unas cuantas dosis de literatura emprendedora 2.0. Habla del diferencial de la "experiencia Cuevana" y asegura que los sitios valen por sus comunidades (en su caso, habría que valuarlo en millones de dólares). Dice que está pactando acuerdos con señales de cable, productoras y un importante organismo estatal. "La idea es convertir a Cuevana en una empresa internacional con base en el país", comenta este fan de Arcade Fire que maneja su negocio (al que él llama prudentemente "hobby") desde una MacBook Pro en el departamento de un amigo, en un edificio de la calle Anchorena, donde duerme de prestado hasta tanto se consiga una vivienda en la ciudad.

Esta es una historia que mezcla fascinación tecnológica, adicción a las series, amistad adolescente, dólares frescos, inocencia interrumpida, acusaciones de traición y peleas sin sangre. El kilómetro cero del relato es Nueva Córdoba, el distrito universitario como un improbable Silicon Valley on fernet, o un lugar donde, se supone, nadie está pensando el rumbo cultural de la época, excepto un par de pibes que absorbieron intuitivamente la visión de futuro, sin delirios de grandeza ni dilemas filosóficos. Una generación bendecida con una confianza ciega en sus percepciones, y con una capacidad delirante para convertir las propias necesidades cotidianas en demanda masiva. La época la están haciendo estos iluminados rasos.

Hablamos de una de las veinte plataformas argentinas más visitadas de Internet, y la más exitosa de América latina en su rubro. El lugar al que vamos cuando queremos ver el último capítulo de True Blood o Mad Men en buena resolución y con subtítulos en castellano. Y un invento atravesado por debates silenciosos sobre propiedad intelectual, legislación y nuevos modos de distribución de mercancía cultural. "Cuevana es un emergente creado más por los usuarios que por sus fundadores", dice Julián Gallo, editor del sitio Mirá! "La industria no respondió a tiempo a la madurez tecnológica de los televidentes. La gente tuvo que hacerlo."

En un rincón del bar desierto, frente a la primera Pepsi del día, Tomás Escobar encarna el discurso opuesto a los anarco-hackers de Anonymous, por ejemplo, los que prometen destruir Facebook por negociarle a las corporaciones la información del pueblo. Ni siquiera tiene el tono jactancioso y provocador del primer Zuckerberg, el que decía que los capitalistas venían a robarle sus ideas revolucionarias. Tomás ejerce la prédica del adaptado. Sabe que se ha movido al filo de la ley, pero también entiende que lo que le explotó en las manos es grande. Hijo de un contador que ejerce de empresario, está asesorado y quiere ser parte del establishment de los nuevos medios. Así resume su estrategia: "Cuevana captó la demanda de los usuarios. Ahora el objetivo es que se retroalimente con el cine. Crear un nuevo modelo de negocio".

Para algunos, la cosa no es tan sencilla. "En tanto negocio, la plataforma es ilegal", dice Mariano Amartino, de Überbin I/A, una consultora de estrategias en Internet. "Ni lo analizo en lo moral o como emprendedorismo. Esto es lucro con la reproducción pública de obras sobre las que no tienen derechos. Punto." Andrés San Juan, abogado especialista en este tipo de conflictos y representante de los Taringa! (procesados por una demanda de la Cámara del Libro), no está de acuerdo: "Ellos no hacen la copia ni la distribuyen; la facilitan. Puede que Cuevana sea parte de la cadena, pero no hay delito ahí".

La coartada legal de Cuevana (que hasta ahora no recibió ni una intimación judicial) se basa en que el sitio no descarga ni aloja los contenidos: funciona como un exhibidor de material bajado en otras partes. Desde el punto de vista técnico, lo que Cuevana pone a disposición es el link. "El link es sagrado", dice Beatriz Busaniche, wikipedista y militante de Vía Libre, una agrupación que pelea por un cambio en la ley de propiedad intelectual. "Si van contra el link, no queda nada en Internet." Sólo que, en el caso de Cuevana, gracias a un detalle sustancial de programación, el link se consume en casa. "Esto es algo comercialmente fabuloso -dice el periodista y desarrollador web Nacho Román-, pero no guarda relación con el espíritu descentralizado y abierto original de la web." O sea que el punto sensible de la discusión bien puede ser ético. "Cuevana hoy no es un negocio", se defiende Escobar. "Podría serlo, pero desde hace unos meses limité la publicidad al mínimo para pagar abogados y servidores [un gasto de miles de dólares al mes, para ese tráfico]."

Una máxima de la época reza que el copyright es el petróleo del siglo XXI. La batalla cultural y económica pasará en buena medida por el modo en que se definan las reglas de distribución de los bienes simbólicos. Para muchos, las restricciones de derechos de autor están pensadas para regir una época en que el tráfico de información era arduo y escaso. Sería momento de adaptar las reglas a esta era de inmediatez e hiperabundancia. Juan Suárez, del blog Derecho a leer -parte del movimiento global Copyleft-, lo explica así: "Lo que nos preocupa es que fuercen los tipos penales para perseguir a alguien cuya actividad no está tipificada como delito en la letra de la ley. Que no se tomen medidas que, como efecto colateral, afecten la libertad de expresión en Internet".

El mainstream opta por el silencio, el repudio (los voceros de Fox, por ejemplo, se niegan a opinar sobre un sitio al que consideran "pirata") o la serenidad. Jonathan Friedman, del videoclub online Netflix (que acaba de desembarcar en Argentina), ante la pregunta de por qué alguien pagaría por algo que ya obtiene sin costo, respondió: "Todos podemos conseguir agua gratis y sin embargo mucha gente sigue optando pagar por el agua en botella, porque es seguro y conveniente. Así y todo, siempre habrá personas que tomarán agua de la canilla".

Detrás del debate legal, económico y cultural hay una historia pequeña que podría ser la nueva Teoría del Big Bang del interior argentino. Tomás Escobar creó su primera página web a los 14 años, cuando cursaba octavo grado en la Escuela Modelo de San Juan. Le gustaban las computadoras y los libros de Harry Potter, la fantasía de un mundo plagado de heroicos magos adolescentes y hechiceros entregados al lado oscuro de la fuerza. En la Pentium 3 que tenía en su casa, y sin la más mínima experiencia en programación, creó HarryFanaticos.com. "Era maquetación web con páginas prediseñadas", recuerda hoy. "La sostuve tres años, la fui perfeccionando, y en la última etapa se hizo más conocida: tenía algunos miles de visitantes por día. La experiencia me enseñó a programar. Pero de pronto me di cuenta de que era adolescente y no podía seguir con la página de Harry Potter."

Mientras bosquejaba una novela fantástica ambientada en la Edad Media ("onda El señor de los anillos, aunque sin elfos, enanos ni nada de eso"), comenzó a armar juegos en Flash. "Todo entre amigos. Tenía una idea y la plasmaba. Me inspiraba en cosas que ya jugáramos entre nosotros. En clase, cuando estábamos aburridos, jugábamos a La Batalla Naval entre tres. Así que después lo convertí en juego de computadora: La Batalla Trinaval."

La adolescencia de Tomás está llena de esa clase de modestas conquistas nerds. Pero él no tenía el perfil clásico de genio de las matemáticas que distingue a los programadores exitosos. Lo de Tomás era una mezcla de aburrimiento, pasión por las realidades paralelas, deseo de socializar y gusto por el diseño, aunque reconoce que no es demasiado talentoso para eso. Cuando terminó el secundario y se mudó a Córdoba para estudiar Sistemas; estaba claro que lo que lo hacía vibrar era inventar plataformas. No tenía un plan, pero sí esa extraña claridad individualista y a la vez comunitaria propia de los pibes que madrugaron la era de las redes sociales.

En Nueva Córdoba, se instaló en la casa de un par de estudiantes sanjuaninos amigos de la familia. Le dieron un cuarto de tres por dos en un entrepiso que daba a la terraza. "En invierno me cagaba de frío", rememora. Apenas le entraban la cama y el escritorio con su MacBook. En septiembre de 2007, durante el primer año en la facultad, creó LigaDT, un juego de management futbolístico. Además de las variables clásicas (aptitudes de los jugadores, gestión de presupuesto, apuestas), Tomás le había sumado algunos detalles de color local, como la relación con la barra brava y la prensa. "Jamás promocioné el sitio más que por msn, no tenía plata para hacerlo, pero participaban un par de miles de usuarios de América latina." LigaDT estuvo online hasta el año pasado, pero por falta de tiempo para moderarlo terminó dándolo de baja.

Sin embargo, ese éxito en escala lo convenció de que sus plataformas eran amigables para una gran cantidad de personas. Y también entendió que el hobby que había empezado en su habitación de San Juan podía darle algunos dividendos. En 2009, mientras cursaba la carrera a media máquina, la vida social de Tomás se centraba en el barrio universitario. Entre sus mejores amigos estaban David Fernández y Mario Cardosio, dos compañeros del secundario que también se habían ido a estudiar a Córdoba. Se juntaban a comer, a ver partidos y también a seguir las series del momento: Lost, House, Two and a Half Men. La fuente de descarga era por lo general Darkville, un sitio mexicano desde el que se bajaban las temporadas y, por separado, buscaban los subtítulos. Para las películas, como casi todo el mundo, apelaban a los torrents. En esas sesiones de video on demand apareció la idea de crear una plataforma que se ajustara a sus necesidades como usuarios. "Así como a algunos se les da por armar una banda -dice David-, nosotros queríamos empezar juntos un sitio web."

Tomás, que era el único que sabía cómo desarrollarlo, diseñó en una noche "una versión mejorada" de Darkville, "para verlo más ordenado y lindo". Trató de contactarse con los mexicanos, pero al no obtener respuesta, decidió seguir por las suyas, rastrillando información de código abierto. En la primera semana de septiembre terminó "el piloto" de Cuevana con un episodio de The Mentalist a modo de prueba. La elección del nombre, una clave del éxito, surgió a partir de un raíd de búsqueda de dominios que no estuvieran registrados. Pensando en capitales del mundo, Tomás llegó a La Habana y la deformó hasta dar con ese neologismo abstracto que sugiere alguna especie de lugar mitológico, entre rupestre y femenino. Al igual que Taringa!, Cuevana es un término que sólo alude a sí mismo. "Decís Cuevana y de lo único que podés estar hablando es de este sitio", resume Escobar.

El núcleo fundador (eran cuatro, aunque uno de ellos se abrió a los pocos meses) compartió la nueva plataforma con sus contactos. Más allá de su diseño ordenado, la ventaja que ofrecía Cuevana era la posibilidad de visualizar de una manera simple los contenidos en un mismo lugar. A diferencia de sitios como The Pirate Bay, que obligan al usuario a navegar hacia otras playas, el plug-in que emplea Cuevana está diseñado para permanecer allí mientras el sistema descarga el material desde Megaupload, Bitshare o FileFactory. Esa centralización, negativa para muchos libertarios de la web, fue decisiva para que Cuevana se hiciera masivo. En los primeros meses ya contaban miles de usuarios, primero en San Juan, después en Córdoba, Buenos Aires, Chile... "Cada uno seguía los pasos desde su máquina, convertíamos videos, los indexábamos, comentábamos", recuerda David. "Aportábamos en partes iguales para costear los gastos de servidor. Usábamos internet local: subir una película nos llevaba entre cuatro y cinco horas. Mi PC directamente no se apagaba."

En febrero de 2010 vieron las primeras ganancias por publicidad. Los servidores, que empezaban a ser una flota, ya se pagaban solos. "2010 fue el mejor año", dice David con una nostalgia prematura. "Cuevana empezó a crecer muy firme, necesitábamos ampliarnos todo el tiempo, teníamos nuestras ganancias y la pasábamos realmente bien. Empezamos a tomarnos las cosas en serio." Se sumaron colaboradores de otras ciudades (que cobraban las regalías de las fuentes de descarga), a la vez que los usuarios engrosaban el catálogo.

Para el tridente de Cuevana, Nueva Córdoba era una "pensión gigante" donde todo pasaba a una velocidad inesperadamente alta. Desde las ventanas de sus casas veían pasar a los estudiantes con sus mochilas y sentían que estaban en el lugar perfecto. "Era como un campus universitario", recuerda David. Los sábados, antes de ir a bailar, hacían una mezcla de previa y "reunión corporativa". Cenaban juntos y, en la sobremesa, entre fernet y fernet, soñaban con convertir a Cuevana en una empresa digna de Palo Alto. Los dólares sobrantes servían para financiar las trasnoches. Era todo "un festival carioca". Pero la época dorada de Cuevana como una aventura de amigos no duraría demasiado.

Tomás, en tanto autor intelectual y líder del proyecto, se pasaba noches sin dormir cada vez que el sitio se caía por la crecida de tráfico. La recompensa era un cierto aura de estrella geek en los pabellones de la facu. Un día lo entrevistaron para el noticiero local y, a la mañana siguiente, una profesora lo señaló entre todos los alumnos y le dijo: "Ayer te vi en televisión...". Pero el muchachito sentía que estaba solo al frente de la operación. "Los problemas llegaron en el verano de 2011", recapitula David. "Tomás nos tiró que él creía merecer más porcentaje que nosotros. «Acá se empieza a ir todo al carajo», pensé yo. Y así fue. Tomás viajaba cada vez más seguido a Buenos Aires, no contestaba las llamadas, no respondía en el chat. Me sentí traicionado y decepcionado. Nosotros no éramos meros colaboradores: fuimos cofundadores de Cuevana. ¿Dónde está la línea que separa la amistad de los negocios?" Tomás dice que el distanciamiento no tuvo nada que ver con las ganancias (que hasta ese momento, según indica David, alcanzaban para "mantener a una familia completa"). "El altercado se produjo por el control del sitio", dice Escobar. "Yo era el único que aportaba y trabajaba en el desarrollo. No había una sinergia en el grupo; lo lógico era que cada uno siguiera su camino."

En el otoño pasado Tomás se instaló en Buenos Aires y empezó a planificar la conversión. El sitio tenía que afrontar esta nueva etapa profundizando el concepto de red social e intentando revertir su imagen piratesca. Limitó el servicio al streaming (antes se podían almacenar los contenidos) y controló que no se indexaran películas que todavía estuvieran en cartel. El arribo de competencias legales como Netflix lo obligó a un nuevo startup. Pactó acuerdos con productoras independientes, se sentó a hablar con cadenas de series y dirigentes institucionales. Todo está por verse. Mientras tanto, diseñó una nueva interfaz, con un perfil más noticioso y aplicaciones que promueven la interacción entre usuarios, al estilo Facebook. Le sumó contenido en HD ("hoy la demanda pasa con conectar la notebook al LCD") y espera generar un sistema de crowdfunding para promover producciones independientes. También lanzó su sitio de streaming Musicuo (una especie de Spotify). Dice que, a esta altura, se siente capaz de prever qué va a necesitar el público en el futuro cercano. No piensa arancelar el servicio, asegura, ni vender el sitio: "Esto es un hobby que me explotó en las manos".

La parábola de Cuevana todavía está en un punto difuso entre la legitimidad de las mayorías y el contrabando en zona liberada. Si el destino maldito de la web nacional y popular se manifiesta en el juicio a Taringa!, Tomás podría estar a punto de consumar una suerte de crimen perfecto del desarrollo web. Muchos creen que el sitio tiene los días contados, pero él planifica una transformación que lo lleve a otro nivel. Y sueña con que, dentro de no demasiado tiempo, pueda extenderle al mundo una tarjeta personal que diga: "Tomás Escobar - CEO de Cuevana".

Por Pablo Plotkin

Fuente: Rolling Stones

Más información: www.rollingstone.com.ar

TECNOLOGÍA ¿INTERNET MODIFICA NUESTRA FORMA DE PENSAR?

NTERNET Y TECNOLOGIA

TODA NUEVA TECNOLOGÍA TIENE DETRACTORES Y COMO INTERNET ES LA NUEVA TECNOLOGÍA, NO PUEDE FALTAR UN CORO DE VOCES QUE PROCLAMAN ESPANTO ANTE SUS CONSECUENCIAS. HACE MUY POCO, UN BEST-SELLER QUE CONVOCÓ LA ATENCIÓN MEDIÁTICA CLAMÓ A LOS CUATRO VIENTOS QUE EL USO DE INTERNET NOS HACE MÁS SUPERFICIALES, PUESTO QUE FAVORECE UNA “LECTURA INTERRUPTA” POR CONSTANTES Y NUEVOS ESTÍMULOS. JUSTAMENTE, LO QUE SE PERDERÍA ES LA CAPACIDAD DE PROFUNDIZAR EN EL CONOCIMIENTO, CONDENÁNDONOS A NAVEGAR POR SU SUPERFICIE.

FLOTAR SOBRE EL CONOCIMIENTO

Nicholas Carr es un periodista de cierta reputación, especializado en tecnología; es colaborador de The Guardian, entre otros medios conocidos, y autor de un best-seller que además está nominado para los premios Pulitzer. Su título es bastante directo: Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet a nuestros cerebros? Sería fácil alinear a Carr (algo que, para ser justos, él mismo acepta como posibilidad) entre los reaccionarios a las nuevas tecnologías, cuya tradición posiblemente se inicie en el Fedro de Platón. Allí, el dios Teut le cuenta al rey Tamus que ha inventado, entre otras cosas, la escritura que “hará a los egipcios más sabios”. Tamus le responde: “Tú no has encontrado un medio de cultivar la memoria sino de despertar reminiscencias; y das a tus discípulos la sombra de la ciencia y no la ciencia misma. Porque, cuando vean que pueden aprender muchas cosas sin maestros, se tendrán ya por sabios, y no serán más que ignorantes, en su mayor parte, y falsos sabios insoportables en el comercio de la vida”.

Carr acepta que puede ser que, al igual que ocurrió con la invención de la escritura, sea más lo que se gana que lo que se pierde, pero se aboca a describir la mitad del vaso vacío. Insiste que él, al igual que muchos colegas suyos, ha perdido la capacidad de concentrarse en profundidad en la lectura. La causa de semejante pérdida sería que cada vez se lee más en Internet, con la consiguiente dispersión sistemática entre temas que se multiplican hasta el infinito. En un artículo llamado “¿Google nos está volviendo estúpidos?”, afirma que “la lectura profunda que me resultaba natural se ha vuelto una lucha”.

EL MEDIO Y EL MENSAJE

Carr se apoya en Marshall McLuhan, quien explica que “los efectos de la tecnología no ocurren a nivel de opiniones y conceptos” sino que más bien “alteran patrones de percepción lentamente y sin ninguna resistencia”. A nivel neurológico lo que ocurre es que, como los circuitos cerebrales son muy maleables, se adaptan a los usos que les damos, reforzándolos. Por ejemplo, los sectores del cerebro que se usan para leer ideogramas no son los mismos que para la lectura alfabética. Un cerebro con ciertas partes más desarrolladas “ve” el mundo de una manera, de la misma manera que, por ejemplo, un fisicoculturista camina distinto que un pintor.

Incluso –especula Carr– es probable que no sean los mismos circuitos los que se usan para leer en papel y en una pantalla. Es decir, que la lectura superficial, permanentemente interrumpida por la digresión del hipertexto, refuerza ese tipo de conducta que se naturaliza, mientras que se pierde capacidad de una lectura profunda, a la que se dedica menos tiempo. Ya no leemos: saltamos, nos movemos, escaneamos y abrimos innumerables ventanas que nunca terminaremos de leer. Un estudio realizado sobre jóvenes nacidos junto a Internet, cita Carr, indica que ellos ya ni siquiera leen de arriba hacia abajo si no que escanean la página buscando trozos de información relevantes. Lo que parece anunciar Carr es –una vez más...– la inminente muerte del libro que implica una forma de lectura lineal.

Incluso el medio afecta cómo elaboramos el mensaje: un interesante ejemplo es cómo cambió la forma de escribir de Friedrich Nietzsche a partir de la compra de una máquina de escribir para superar sus problemas de visión. En un intercambio epistolar, debate con un amigo acerca de cómo su escritura se ha vuelto más telegráfica y perdido poesía. “No sólo somos lo que leemos. Somos cómo leemos”, explica a Carr la psicóloga evolutiva y especialista en el tema, Maryanne Wolf.

En principio, la hipótesis resulta razonable: casi cualquier usuario de Internet evita el esfuerzo de recordar lo que está a un par de bits de distancia. Entonces, ¿antes recordábamos más? Es posible, si se tiene en cuenta que la memoria se ejercita menos. Pero Carr lleva las cosas un poco más allá. Cita un estudio realizado en la Biblioteca Británica durante 5 años en el que se encontraron cambios en los hábitos de lectura: la gente pasaba de una fuente a la otra, sin volver casi nunca a la anterior. Los investigadores de la University College London aseguraban que estaba emergiendo una “lectura horizontal a través de títulos” en los que se buscaban “resultados rápidos y exitosos”. Así las cosas, concluye Carr (ahora sí más pesimista), se pierde la capacidad de interpretar los textos para transformar a los lectores en meros “decodificadores”. Ya nadie leerá, insiste, La guerra y la paz de Tolstoi.

Superficiales... sirve para discutir y acotar algo que estaba en al aire para muchos usuarios de Internet, quienes perciben cambios en su relación con la palabra escrita y su propia memoria. Incluso el Nobel Mario Vargas Llosa escribió un largo artículo cuyo título hace casi innecesario el resumen: “Más información, menos conocimiento”. Baste un extracto: “Cuando la memoria de una persona deja de ejercitarse porque para ello cuenta con el archivo infinito que pone a su alcance un ordenador, se entumece y debilita como los músculos que dejan de usarse”. Al igual que el rey Tamus, Vargas Llosa concluye que hay más relevancia en lo que se pierde que en lo que se gana.

PERO, ¿QUE SE GANA?

En un interesante artículo del biólogo y periodista español José Cervera se reconocía que es posible que algo se pierda y que algo se gane (podría decirse que ésa podría ser una definición de “cambio”). “El problema no es la falta de profundidad del pensamiento sino la creciente esterilidad de los abismos del saber”, asegura Cervera, para quien hay una tautología en el argumento de Carr que asocia acríticamente profundo=bueno y superficial=malo. ¿Es tan fácil llegar a esta conclusión? Para Cervera, lo que no se está viendo es lo que sí se gana: la lectura horizontal (o superficial) permite la interconexión entre campos que antes estaban aislados. Es más: uno de los problemas fundamentales del conocimiento en el siglo XXI es el exceso de especialización. Antonio Machado decía a través de su personaje Juan de Mairena: “¡Lo que sabemos entre todos! ¡Oh, eso es lo que no sabe nadie!”. De alguna manera, Internet favorece la conexión de lo que antes estaba aislado.

De hecho, este artículo mismo permite conectar cosas que no hubieran sido posibles sin Internet para buscar citas, seleccionar y recortar las mejores frases relacionadas con este tema; los artículos e incluso los fragmentos del libro disponibles en la red resultaron fundamentales para su confección. El resultado es algo nuevo que permite construir puentes imprevistos. Como Carr mismo reconoce, su tarea como periodista era mucho más engorrosa y menos productiva cuando tenía que pasar horas en una biblioteca para reunir las citas que ahora le llevan escasos minutos. Gracias a eso él puede escribir con mucha más eficiencia artículos o incluso libros que, según cree (paradójicamente), nadie estará en condiciones de leer si tienen más de tres párrafos.

EL PARAISO PERDIDO

Pero el argumento de Carr también tiene, hay que decirlo, cierto tufillo de intelectual aristocrático. Asegurar que ya nadie va a tener paciencia como para leer La guerra y la paz suena un poco elitista. ¿Cuánta gente leyó la novela de Tolstoi en las últimas décadas? ¿Qué le hace pensar que de no existir Internet la tendencia sería a que cada vez más gente lo haga? Por el contrario, parecería que al menos la literatura puede llegar a mucha más gente pese a que, como indica Vargas Llosa, la inmensa mayoría no la leerá. ¿Qué se podría esperar si leer un 1 por ciento de todos los libros que hay en Internet llevaría innumerables vidas? La cantidad de información disponible se ha multiplicado brutalmente y la alta literatura ha quedado en esa maraña, pero más accesible para quien la busque.

En definitiva, el problema de Carr recuerda al que tuvieron los filósofos alemanes Theodor Adorno y Max Horkheimer, quienes al huir del régimen nazi hacia los EE.UU. escriben su obra maestra Dialéctica del Iluminismo, de 1944. Allí critican la liviandad de la sociedad de consumo de ese país tan rico y, a su juicio, tan ignorante. La crítica implacable parece motivada por la desilusión de ver que las masas obreras enriquecidas y con más tiempo libre del planeta se vuelcan a la diversión superficial en lugar de hacerlo al consumo del gran arte.

En resumen, si bien probablemente Internet no favorezca la lectura de La guerra y la paz entre las masas, no parece ser éste el obstáculo estadístico principal para que aumente el número de sus lectores. Internet, al menos por ahora, si bien puede tener una incidencia en la forma de pensar de ciertos sectores ilustrados, no modifica la vida intelectual de las mayorías, cuyas preocupaciones son más básicas. Incluso hay un sector que probablemente comienza a acceder a la cultura letrada gracias a Internet y tal vez –sólo tal vez– algunos de ellos lleguen también a interesarse por la alta literatura.

En cualquier caso, ante lo nuevo siempre es mucho más fácil saber lo que se está perdiendo (porque se lo puede ver) que imaginar lo que se ganará. Los religiosos de los tiempos de Gutenberg temían que la imprenta socavara la fe de las mayorías. Obviamente hoy sabemos que así fue y que además se democratizó el conocimiento y la posibilidad de acceder a él como nunca antes había ocurrido. ¿O alguien sigue estando en contra de la alfabetización porque afecta la cultura oral?

Lo nuevo, por definición, tiene consecuencias desconocidas que se van plasmando en la realidad. Anticiparlas o, peor aun, imaginarlas tomando la propia experiencia como si fuera representativa, puede contribuir a mantenernos en la superficie del problema.

Por Esteban Magnani

Fuente: Futuro (Página 12)

miércoles, 3 de agosto de 2011

DIEZ FORMAS DISTINTAS DE MANIPULACIÓN MEDIÁTICA


Noam Chomsky elaboró la lista de las “10 Estrategias de Manipulación” a través de los medios. En su libro “Armas Silenciosas para Guerras Tranquilas” Chomsky hace referencia a ese escrito en su decálogo de las “Estrategias de Manipulación”.

1- LA ESTRATEGIA DE LA DISTRACCIÓN.

El elemento primordial del control social es la estrategia de la distracción, que consiste en desviar la atención del público de los problemas importantes y de los cambios decididos por las elites políticas y económicas, mediante la técnica del diluvio o inundación de continuas distracciones y de informaciones insignificantes.

La estrategia de la distracción es igualmente indispensable para impedir al público interesarse por los conocimientos esenciales en el área de la ciencia, la economía, la psicología, la neurobiología o la cibernética.
“Mantener la Atención del público distraída, lejos de los verdaderos problemas sociales, cautivada por temas sin importancia real. Mantener al público ocupado, ocupado, ocupado, sin ningún tiempo para pensar; de vuelta a granja como los otros animales (cita del texto 'Armas silenciosas para guerras tranquilas')”.

2- CREAR PROBLEMAS Y DESPUÉS OFRECER SOLUCIONES.
Este método también se denomina “problema-reacción-solución”. Se crea un problema, una “situación” prevista para causar cierta reacción en el público, a fin de que éste sea el que demande las medidas que se desea hacer que se acepten. Por ejemplo: dejar que se desenvuelva o se intensifique la violencia urbana, u organizar atentados sangrientos, a fin de que el público sea el que demande leyes de seguridad y políticas en perjuicio de la libertad.
O también: crear una crisis económica para hacer que se acepten como manes necesarios el retroceso de los derechos sociales y el desmantelamiento de los servicios públicos.
3- LA ESTRATEGIA DE LA GRADUALIDAD.
Para hacer que se acepte una medida inaceptable, basta con aplicarla gradualmente, con cuentagotas, por años consecutivos. De esa manera las condiciones socioeconómicas radicalmente nuevas (neoliberalismo) se impusieron durante las décadas de 1980 y 2010
Estado mínimo, privatizaciones, precariedad, flexibilidad, desempleo masivo, salarios que ya no aseguran ingresos decentes, tantos cambios que habrían provocado una revolución si se hubieran aplicado de una sola vez.

4- LA ESTRATEGIA DE DIFERIR.
Otra manera de hacer que se acepte una decisión impopular es la de presentarla como "dolorosa y necesaria”, obteniendo la aceptación pública, en el momento, para una aplicación futura. Es más fácil aceptar un sacrificio futuro que un sacrificio inmediato.
Primero porque el esfuerzo no es empleado inmediatamente. Luego, porque el público, la masa, tiene siempre la tendencia a esperar ingenuamente que “todo irá mejorar mañana” y que el sacrificio exigido se podría evitar. Esto da más tiempo al público para acostumbrarse a la idea del cambio y aceptarla con resignación cuando llegue el momento.
5- DIRIGIRSE Al PÚBLICO COMO A CRIATURAS DE POCA EDAD.

La mayoría de la publicidad dirigida al gran público utiliza discursos, argumentos, personajes y entonación particularmente infantiles, muchas veces próximos a la debilidad, como si el espectador fuese una criatura de poca edad o un deficiente mental.

Cuanto más se pretende engañar al espectador, más se tiende a adoptar un tono infantilizante. Por qué? “Si uno se dirige a una persona como si ésta tuviese 12 años o menos, entonces, en razón de la sugestión, ella tenderá, con cierta probabilidad, a una respuesta o reacción también desprovista de un sentido crítico como la de una persona de 12 años o menos (ver “Armas silenciosas para guerras tranquilas”)”.

6- UTILIZAR EL ASPECTO EMOCIONAL MUCHO MÁS QUE LA REFLEXIÓN.

Hacer uso del aspecto emocional es una técnica clásica para causar un cortocircuito en el análisis racional, y finalmente en el sentido crítico de los individuos. Por otra parte, la utilización del registro emocional permite abrir la puerta de acceso al inconsciente para implantar o injertar ideas, deseos, miedos y temores, compulsiones, o inducir comportamientos…
7- MANTENER AL PÚBLICO EN LA IGNORANCIA Y LA MEDIOCRIDAD.

Hacer que el público sea incapaz de comprender las tecnologías y los métodos utilizados para su control y su esclavitud. “La calidad de la educación dada a las clases sociales inferiores debe ser la más pobre y mediocre posible, de forma que la distancia de la ignorancia que planea entre las clases inferiores y las clases sociales superiores sea y permanezca imposible de alcanzar para las clases inferiores (ver ‘Armas silenciosas para guerras tranquilas)”.
8- ESTIMULAR AL PÚBLICO A SER COMPLACIENTE CON LA MEDIOCRIDAD.

Promover al público a creer que es moda el hecho de ser estúpido, vulgar e inculto…
9- REFORZAR LA AUTOCULPABILIDAD.
Hacer creer al individuo que sólo él es el culpable de su propia desgracia debido a la insuficiencia de su inteligencia, de sus capacidades, o de sus esfuerzos. Así, en lugar de rebelarse contra el sistema económico, el individuo se minusvalora y se culpa, lo que genera un estado depresivo, uno de cuyos efectos es la inhibición de su acción. ¡Y sin acción no hay revolución!
10- CONOCER A LOS INDIVIDUOS MEJOR DE LO QUE SE CONOCEN ELLOS MISMOS.

En el transcurso de los últimos 50 años, los avances acelerados de la ciencia han generado una creciente brecha entre los conocimientos del público y los que poseen y utilizan las elites dominantes.
Gracias a la biología, la neurobiología y la psicología aplicada, el “sistema” ha disfrutado de un conocimiento avanzado del ser humano, tanto de forma física como psicológica. El sistema ha conseguido conocer mejor al individuo común de lo que éste se conoce a sí mismo. Esto significa que, en la mayoría de los casos, el sistema ejerce un control mayor y un gran poder sobre los individuos, mayor que el de los individuos sobre sí mismos.
Noam Chomsky. Filósofo, activista, autor y analista político estadounidense. Es profesor emérito de Lingüística en el MIT y una de las figuras más destacadas de esta ciencia en el siglo XX. Reconocido en la comunidad científica y académica por sus importantes trabajos en teoría lingüística y ciencia cognitiva.
http://peruforopaulofreire.blogspot.com/
Tomado de:

domingo, 10 de julio de 2011

Desde la publicidad

espectaculos

DOMINGO, 10 DE JULIO DE 2011

CULTURA › LOS ADBUSTERS Y SUS “CONTRACAMPAÑAS” EN EL CORAZON DEL CAPITALISMO

“Estamos entablando una gran pelea por el sentido”

Desde hace 22 años, la organización se dedica a la alteración, remixeo y cambio de contexto de los mensajes políticos y comerciales que bombardean la sociedad. Uno de los fundadores del grupo, Kalle Lasn, explica los objetivos de esta suerte de “impugnación” cultural.

Por Facundo García

Obama, ridiculizado por los Adbusters.

Epoca de elecciones. La publicidad entra por los ojos, la nariz, las orejas y otros orificios del elector. Y eso –ay– tal vez sea inevitable. Lo que se puede hacer, en todo caso, es reapropiarse de los avisos y darles un sentido propio. Es lo que vienen intentando los Adbusters desde hace veintidós años. La organización se dedica a la alteración, remixeo y cambio de contexto de los mensajes políticos y comerciales que bombardean la cabeza de los ciudadanos. Desde Vancouver (Canadá), uno de los fundadores del grupo, Kalle Lasn, conversa con Página/12 sobre la manera en que él y sus amigos se convirtieron en un problema para los medios hegemónicos del Norte.

–Las megaempresas hacen sus campañas. Ustedes, como Adbusters –nombre que podría traducirse como “destructores de anuncios”– van y les responden. Pero seguro que esa especie de diálogo va desplegándose y variando sus estrategias. ¿Podría describir el estado de la relación?

–Lo primero que voy a decirte es que ya no es un diálogo. Es una batalla por el sentido. También se modificó el público. Cuando nosotros arrancamos, las personas no entendían del todo de qué estábamos hablando. Supongo que se debía a que la sociedad todavía conservaba cierta apariencia humana. Más tarde entramos en este vértigo. Los problemas climáticos están ahí, y la “Guerra contra el terror” no hizo más que acelerar las cosas. Así que nuestra ida y vuelta con los grandes medios ya no califica en la categoría de una discusión del tipo argumento-contraargumento. Directamente disputamos significado.

–Da la impresión de que ganar no va a ser fácil.

–Hemos aprendido mucho. Por ejemplo: es obvio que al enfrentarse con las nuevas estrategias del Poder, la izquierda tradicional ha sido completamente inútil. Quiero decir: ¿Qué obstáculo serio pudo oponerle a Bush? Ninguno. El contexto da un poco de pavor, sí. Pero del rincón más oscuro puede venir la luz.

Lasn se entusiasma cuando menciona la “Primavera árabe” y las protestas en Grecia. “A ustedes los argentinos, con lo que pasaron en 2001, a lo mejor no les sorprende tanto”, piropea. Sin embargo, tiene miedo. “Admiro lo que están haciendo esos pueblos. Pero a nivel global temo que se nos venga otra Edad Media. No sólo por la espiral descendente de la economía, sino porque a eso se le van a agregar otros problemas sociales, religiosos y ecológicos. A largo plazo, la combinación de todos los factores podría generar un desastre”, avizora.

En ese cachengue para pocos, la publicidad –entendida como alteración interesada de las percepciones– ocuparía un lugar central. George Orwell lo anticipó con maestría en uno de los pasajes más dramáticos de 1984. En la prisión, un torturador le muestra al protagonista cuatro dedos de su mano y le pregunta: “¿Cuántos dedos ves aquí Winston?”; a lo que Winston responde “cuatro”. Entonces O’Brien , el torturador, le retruca: “¿Y si el Partido te dijese que son cinco?”.

Para que alguien afirme estar viendo cinco dedos donde hay cuatro se puede usar el terror, como en la novela de Orwell. Pero también se puede contratar a un publicista. Por lo tanto, denunciar al Imperio de los Anuncios se convierte en un gesto político radical, en el sentido menos denarvaezco de la palabra. Se trata de impugnar el modo de vida que está haciendo que los países más ricos del mundo consuman bienes a un ritmo insostenible mientras sus niveles de depresión, disgregación social y violencia se mantienen estancos. Dice Lasn: “Tendríamos que ir hacia una economía del poscrecimiento. Reconocer que el crecimiento económico no lo es todo, y que vale la pena atender variables como la sustentabilidad o la felicidad”.

“Que gane la banca”. Ese es el santo y seña para entrar al reino de los cielos publicitario. Y salvo que no hayan podido adaptarse –como en el caso de Egipto–, los que ostentan el poder económico corren con la ventaja de haber tenido tiempo y capital para profundizar los lazos emotivos que prescribe el marketing de las urnas. Como confesó alguna vez Oliverio Toscani –ex director de las campañas de Benetton–: “No-sotros no vendemos productos ni ideas, sino un modelo adulterado e hipnótico de la felicidad”. Al final de la operación, “vender” un candidato termina siendo parecido a vender panchos. Aunque todavía se vote sin papas pai.

Contra eso se rebelan colectivos como Adbusters. Y no están solos. Por estos pagos son miles los que ya se pusieron a pensar bromas alrededor de los afiches y eslóganes electorales de la derecha; entre la militancia, el desmontaje de trampas discursivas y el entretenimiento. Sin ir más lejos, al “Yo lo voto” del macrismo le siguieron mil reformulaciones. “Yo NO lo voto”, “yo lo boto” (del verbo “botar”), “yo lo veto”, “yo lo botón”, “yo botox” y otros hallazgos que hacen furor en la web.

–En esto de las contracampañas ustedes tienen experiencia. Han armado el Buy Nothing Day –“día de no comprar”–, el Backspot –la fabricación y venta de zapatillas hechas con material reciclado– y la Digital Detox Week –una semana para desconectarse de la red–. Por otro lado, han comprado espacios publicitarios de las grandes cadenas para distribuir sus mensajes...

–Ojo: las grandes cadenas nos rechazaron los spots.

–¿Todas?

–Todas menos CNN.

–¿CNN emitió sus spots?

–Sí. A ver: algo que nos dio resultado fue juntar a un grupo de personas que tengan una inquietud puntual y estén dispuestas a recolectar dinero para comprar de forma independiente espacios televisivos. Quince segundos, treinta, un minuto. Entre varios no se hace tan pesado y a veces funciona. Por supuesto que si vas con esta idea a las grandes cadenas, aunque les ofrezcas pagar por el espacio, se escandalizan cuando se enteran de que estás contra el neoliberalismo y las corporaciones. Hicimos la prueba en el Reino Unido, en Francia... en Canadá hace diez años que estamos en juicio para conseguir que nos acepten y, aunque gastamos un montón de plata en abogados, el debate que se de-sató ha valido la pena. En Estados Unidos fuimos a la CNN y nos rebotaron. Les respondimos que estábamos dispuestos a iniciar acciones legales contra ellos –por impedir la libre expresión de los ciudadanos– y cedieron.

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